Reflexión del Evangelio del Domingo 14 de Agosto (Alfredo Acevedo, sj)

Evangelio según San Lucas 12, 49-53.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»


La liturgia vuelve a colocarnos una Buena Noticia que parece no ser tan buena. Las palabras de Jesús suenan, una vez más, un poco duras a nuestros oídos; la exigencia del seguimiento parece no dar tregua a quien se decide a seguirlo.

Si recordamos, el evangelio del domingo pasado nos invitaba a despojarnos, a vender los bienes y darlos como limosna; este domingo, en cambio, el tema que aparece es la división.

Los destinatarios del discurso de Jesús no son otros que sus discípulos. Un discurso que parece esconder algo de agresividad y hasta un cierto descontento. Aquel personaje “de paz y amor” que solemos asociar a la persona de Jesús, parece no estar presente en esta escena.

Pero debemos estar atentos, porque este texto continúa en el marco del capítulo doce del Evangelio de Lucas. Esto quiere decir que la tónica del discurso sigue siendo la misma: Jesús está conversando con sus discípulos, con aquellos que lo seguían de cerca, que querían estar a su lado para conocerlo, amarlo y seguirlo. Y Jesús es claro. Su mensaje no da lugar a ambigüedades. No olvidemos que un poco más atrás había dicho que lo único que el creyente debe buscar es el Reino de Dios. Todo el resto viene por añadidura (12,31).

Para Jesús, lo único absoluto es el Reino. La familia, los bienes, los títulos académicos, el reconocimiento de los seres queridos… todo el resto es relativo. Por eso, el tema de la división tiene todo el sentido.

Jesús no busca la división por la división como quien busca generar algún problema. La división aparece por su misma vida, es decir, por el modo en que está viviendo su vida. En este sentido, debemos saber también nosotros que, si somos coherentes con esta búsqueda del Reino, la división y la persecución aparecerán. Lo interesante es si, en la vida del creyente, esta división aún no ha aparecido, es decir, si nunca hemos experimentado esto de lo que habla Jesús.

Esta «división», tal y como aparece en el Evangelio, puede manifestarse de diferentes maneras: en forma de rechazo, de lucha interior o de fuertes cuestionamientos, provenientes de fuera o de dentro mismo. Si nunca hemos experimentado esto en la propia vida, entonces vale la pregunta sobre cómo estamos viviendo nuestro seguimiento y nuestra búsqueda del Reino. ¿O preferimos quedarnos cómodos en nuestras seguridades, en nuestros «sofás», como le gusto decir a Francisco en la JMJ refiriéndose a las situaciones que nos paralizan?

Pidamos la gracia al Señor de ser fieles a su Palabra, porque la fidelidad y la coherencia en la búsqueda del Reino no vienen como fruto de la voluntad humana sino del sentirse enamorados y atraídos.

Alfredo Acevedo, sj
Estudiante Teología

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