Reflexión del Evangelio del Domingo 02 de Julio (Patricio Alemán, sj)

Evangelio según San Mateo 10, 37-42

Dijo Jesús a sus apóstoles: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquel que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.


La liturgia de este domingo nos ofrece un texto en el que encontramos una recopilación de frases y enseñanzas dichas por Jesús. Algunas parecen ser muy duras. Otras, una escena de “celos” de Jesús hacia quienes lo seguían o pretendían hacerlo. Pareciera que Jesús nos obliga a entrar en una lógica de “ellos o yo”, “tu vida o la mía”. Por eso, al leer el texto es común que nuestros corazones se estremezcan y atemoricen. Trataremos de ir más allá de esta primera impresión que el texto nos genera para intentar comprenderlo con mayor profundidad.

Lo que le da cierta unidad al texto litúrgico es la centralidad de Cristo en sus frases: “a mí”, “de mí”, “por mí”. Todo el mensaje está centrado en la vida y la persona de Jesús. De igual manera, podemos preguntarnos si es Jesucristo, el Hijo de Dios, el centro de mi vida. Tal vez allí esté la clave para comprender el texto.

Al ser Jesús el centro de nuestra vida, ella se ordena en torno a Él. Entonces, no se trata de tener que elegir entre amar a nuestros padres (o hijos) o a Jesús. Sino que la invitación es a amarlos en él como un don que la vida nos ha dado. Un don que proviene del Dios de la Vida que Cristo nos anuncia. Es una invitación a vivir con la conciencia y la certeza de que nuestros padres y todas las personas que llegan a nuestra vida son regalos que Dios nos ha hecho. Que los hijos, como se dice popularmente, nos han sido “prestados” y encomendados por Dios. Y es precisamente Jesús quien nos enseña a relacionarnos con ellos. Basta contemplarlo hablando con su madre María, o con los niños, por quienes tiene un amor preferencial.

Si aceptamos vivir en esa lógica del don, se nos vuelve un desafío mayúsculo tomar la propia cruz. O más que tomarla, aceptarla, abrazarla y amarla. Pero entendiendo la cruz como aquellas experiencias o situaciones que se nos presentan en la vida y nos obligan a crecer como personas, como hijos, padres, hermanos, profesionales. Como decía un jesuita, “donde abunda la crisis, sobreabunda el crecimiento”. La invitación de Jesús es abrazar nuestras cruces por él y por nuestro seguimiento. Y al hacerlo así, reconocemos que allí sobreabunda la vida, aunque muchas veces de modo incierto. Pero no sólo eso, sino que también descubrimos la abundancia de Cireneos presentes en nuestra vida.

Al entrar en esta lógica del don a la que Cristo nos invita, vamos descubriendo que nuestra propia vida está llena de amores y de ciertas cruces. Y que, a través de ellas, vamos encontrando y reconociendo nuestro ser más profundo: que mi vida es también un don. Un don que se me ha dado por amor y que está llamado a la plenitud por el misterio de la cruz y resurrección. Una vida que todo el tiempo nos recuerda que somos amados incondicionalmente por el Dios de Jesús, el Dios que es Amor.

Al comprender y creer en ello, nos encontramos con nosotros mismos. Y casi sin darnos cuenta, comenzamos a perdernos. Porque en lo más profundo de nosotros, también hemos comprendido que el don de la vida es para compartirlo. Como el pan que se parte. Como lo hicieron nuestros padres, como lo intentamos hacer con los propios hijos, hermanos, amigos. Lo hacemos “por Cristo, con Él y en Él”, de modo que ellos, y todos quienes nos rodean, puedan encontrarse con el Dios de la vida. Y ya no sólo cargamos la propia cruz, sino que nos convertimos en Cireneos de otros.

Desde esta lógica, la última frase del evangelio toma una fuerza transformadora: “les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa”. Porque empezamos a mirar, a reconocer y a entender que la vida está colmada de esos pequeños gestos de amor que nos revelan la lógica del Dios Amor. Lógica silenciosa y sencilla, humilde y transformadora. Como nuestras vidas centradas en Cristo. Porque no se trata de elegir entre “ellos o yo”, entre “tu vida o la mía”, sino en vivir la vida “con Cristo, por Él y en Él”.

Patricio Alemán, sj
Estudiante Teología

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