¿Qué nueva vida es ésta que ahora comenzamos?

Hablar de Manresa en la historia de San Ignacio de Loyola es referirnos al tiempo y al lugar donde transcurren las experiencias más fundantes de su vida. Allí llega con la necesidad de examinar y registrar en su libro personal las vivencias que traía consigo, apartado del reconocimiento y honor de parte de quienes lo conocían. Pero la necesidad de hacer una “pausa” en su camino lo lleva a peregrinar interiormente por sendas inimaginadas. A un primer tiempo marcado por la calma y la alegría interior por su conversión, sigue un tiempo de alteraciones de estados del alma y lucha, que forjará su voluntad pero, especialmente, le dará mucha inteligencia espiritual.

Les propongo detenernos en cuatro aspectos que elijo para compartir:

Tiempo de ejercitarse en el espíritu
De los once meses en Manresa, pasa buena parte en una cueva, vive de limosna y tiene variadas conversaciones espirituales. Pero sobretodo se dedica a la oración, rezando siete horas diarias de meditaciones, contemplaciones, liturgias de las horas y misas. Esto lo configura con Cristo. Su camino lo irá escribiendo y continuamente irá corrigiendo para que otros puedan experimentarlo. Así se origina la propuesta de los Ejercicios Espirituales.

Tiempo de desolación espiritual
Ignacio reconoce que llega sin conocimiento interior de las cosas espirituales. La luna de miel se termina. Empieza a vivir variaciones espirituales que lo hacen exclamar “¿Qué vida es esta que ahora comenzamos?” (Autobiografía 21) Era tiempo de desolación.

La confesión general que realizó de los pecados de su vida entera le resulta insuficiente por lo que recurre varias veces a su confesor. Comienzan a aparecer los escrúpulos por no haber confesado bien todo su pecado, a pesar de su perfeccionismo y dedicación. Esto lo lleva a estar cada vez más afligido, desolado, atormentado. No encuentra el camino a pesar de las conversaciones con el confesor o con otras personas espirituales. En ocasiones grita a Dios pidiendo que lo asista porque no encuentra quién ni qué lo ayude. En otros momentos el desconcierto es tal que considera arrojarse al vacío por un hueco del monasterio, pero se frena porque sabe que es pecado matarse. Un domingo inicia ayuno absoluto, que al próximo domingo termina por mandato del confesor .

Tiempo de madurar en el Espíritu
¿Cómo sale Ignacio de aquella desolación? Finalmente “quiso el Señor que despertó como de un sueño” (A. 25) Dios ya algo le había enseñado a discernir. Se dedica a examinar en qué momento comenzaba a entrar en él el agobio. Por esto se determinó a no confesar más los pecados de la vida pasada. De aquí en más no le volvieron los escrúpulos y se apartó la desolación. Ignacio entiende que Dios por su misericordia lo había querido liberar. De aquí en adelante siente Ignacio que Dios lo trata como un maestro enseña a un niño (A. 27)

Tiempo de discernimiento espiritual
Si desde su conversión toda su vida será acompañada por el discernimiento, Manresa es tiempo especial de su aprendizaje. Aprende a examinar, a discernir, a contrastar con un acompañante espiritual y a determinarse en consecuencia. El discernimiento, por ejemplo, lo llevará a reconocer como tentaciones y descartar las consolaciones nocturnas por la necesidad de dormir; a descartar algunas visiones que lo deleitaban o a tomar otras como grandes confirmaciones de su fe.

Manresa fue un tiempo de crecimiento interior tan importante en la vida de Ignacio que llega a afirmar que aunque no existiesen las Escrituras seguiría creyendo en las verdades de la fe.

¿Y nosotros qué?
Manresa nos desafía a la osadía de animarnos a adentrarnos en lo profundo del espíritu; a una voluntad que persevera en el camino a pesar de las desolaciones que se puedan presentar; a reconocer que la consolación viene de Dios y esperar confiadamente en Él; a aprender inteligentemente a discernir nuestro camino para descubrir en qué momento nos desviamos dejando entrar la tentación; a buscar ser acompañados en el espíritu; a quemar nuestras naves y determinarnos por lo que nos conduce a la Mayor Gloria de Dios.

Alberto Michelena Zaffaroni, sj

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