Los santísimos efectos de la resurrección, en los testigos de la resurrección

Un primer efecto que el Resucitado provoca en sus discípulos y discípulas consiste en desviarlos de sus lugares de búsqueda: de buscarlo en los sepulcros, donde él no está, a encontrarlo en la comunidad y en la misión , donde él sigue vivo, y de los que sigue siendo señor.

Los dos de Emaús(…) son alcanzados por el Resucitado en el camino de la desilusión y del abandono. El primer efecto que produce en ellos el resucitado, una vez reconocido al partir el pan, es la vuelta a la comunidad de Jerusalén, una comunidad que se prepara ya, para lanzarse a la evangelización del mundo. Con los dones de la Paz, la Misión y el Espíritu, el resucitado transforma el miedo de los discípulo en alegría(…)

El efecto del Resucitado sobre los discípulos termina siempre en reconocimiento, llamada y envío, en restauración de una vocación y una misión. Jesús resucitado ejerce sobre ellos un específico oficio de consolar, cuyo efecto es iluminar el camino de lo que en su nombre y con Él son y han de hacer.

El Resucitado ha derramado(…)dos formas de consolación: la alegría interna y la comprensión del misterio pascual. La alegría por el resucitado, si verdaderamente es alegría por Él, nos introduce en su persona y en sus intereses: por eso termina en misión.

La segunda forma que toma esta consolación es la comprensión del misterio pascual de Jesús por parte de los discípulos. (…) Es como si Cristo, para curar el escándalo de su muerte y devolverles la esperanza, les dijera ¿No comprendéis que era imposible que mi palabra, mis obras, mi vida no chocaran con los poderes de este mundo hasta enviarme a la muerte? ¿Tan idealista e insensatos son para pensar que podría yo escapar de este destino? ¿ Pensáis, tal vez, que escaparéis vosotros si de verdad me seguís?

Lo cierto es que, a partir del momento en que el resucitado se hace ver a los discípulos encerrados en su escándalo y en su miedo y les enseña sus llagas, su cuerpo transfigurado, ya no se escandalizarán más de aquello que tantas veces les había recordado su Maestro: que para dar la vida al mundo, hay que dar la propia vida; que para que el grano de vida dé fruto ha de caer en el surco y morir; que para ganar la vida hay que perderla.

Ahora que, por fin, han descubierto a Dios presente y actuante en Jesús crucificado, están ya preparados para descubrirlo en todas las cosas, pues como afirma Rahner, «sólo logra hallar a Dios en todas las cosas, experimentar la transparencia divina de las cosas, quién encuentra a Dios allí donde él ha bajado a lo más espeso, a lo más cerrado, a lo divino, a lo mas tenebroso e inaccesible de este mundo. La cruz de Cristo. Solo así se vuelve limpio el ojo del pecador, se le hace posible la actitud de la indiferencia y puede hallar a Dios, que le sale al encuentro en la cruz y no solo donde él querría tenerlo.»

José A. García, sj
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