La serenidad necesaria

Para el efecto embudo que se nos hace a fin de año, y para cuando nos pasamos “de rosca”, es oportuno recordar el valor de la serenidad y buscarla.

Llegamos al final del año, y andamos a los saltos. Parecería que se arma el “efecto embudo”: embudo de cansancio, de trabajo, de familia, de todo un poco.

En estos momentos es bueno recordar esa maravilla que es el Decálogo de la Serenidad, que escribió el papa San Juan XXIII.

Él contaba que en los momentos más difíciles, de los que seguramente un Papa debe tener bastante, él salía a pasear. Sobre todo los días de sol él suprimía un poco las actividades programadas en la agenda y salía a caminar.

Nuestra primera reacción ante esa estrategia podría ser una crítica: decir que, ante las preocupaciones uno se tiene que hacer cargo. No huir o “salir de paseo”.

Pero, quizás, la sabiduría es esa: en el momento en el que se toca el límite, hay que animarse a hacer otra cosa.

Posiblemente, entonces, en esa caminata, en ese reposo que sugería el “Papa Bueno”, los problemas que nos tienen angustiados de golpe se reubiquen en el corazón y encontremos una salida.

Viene bien recordar aquel décalogo de consejos que nos regaló Juan XXIII:

  • Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de mi vida todo de una vez.
  • Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto, cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie sino a mí mismo.
  • Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino también en este.
  • Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que todas las circunstancias se adapten a mis deseos.
  • Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura, recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.
  • Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.
  • Sólo por hoy haré por lo menos una sola cosa que no deseo hacer, y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere.
  • Sólo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.
  • Sólo por hoy creeré aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie más existiera en el mundo.
  • Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y creer en la bondad.

Al escuchar cada consejo uno dice: ¡Qué lejos estamos de cumplirlos! Pero, a lo mejor hoy puedo ser capaz de cumplir tres o cuatro  de estos consejos. Y mañana me animo a repetir uno de ellos y agregar dos más, y así cada día.

A lo mejor no terminemos teniendo la serenidad de Juan XXIII, pero sí la suficiente serenidad para ser fieles a nuestro oficio, a nuestra misión y, sobretodo, para ser felices.

Si nos hace bien alguno de estos consejitos del Decálogo de la Serenidad quizás nos venga bien repasarlo para, al menos, intentar ponerlo en práctica ya mismo.

San Ignacio les solía plantear a los jesuitas que andaban medio pasados de rosca, medio apurados de más, una pregunta que es sabia: “¿Adónde vas y a qué?” Casi como con ironía, para que nos preguntemos adónde voy, a dónde creo que voy, y a qué voy.

Es una forma de decir o de sugerir: “Frená un poquito y pensá, que hay que encarar de otro modo las cosas”.

Ángel Rossi, sj

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