El gozo del encuentro

Navidad es tiempo de encuentro. Ya en el clásico, “¿qué vas a haces para las fiestas?” que tus amigos y hasta desconocidos te preguntan, se esconde un presupuesto: con alguien te vas a juntar, sea con los de siempre o con los que la vida ha puesto en tu camino este año. Sin embargo no es cualquier tipo de encuentro. Hay algo de solemne es estas fechas que la hace distinta a las demás. Hay algo de costumbre y de tradición… algo de sacro en la forma de encontrarnos porque no se trata sólo de sentarnos juntos en una mesa, sino de compartir lo que verdaderamente somos. La mesa de Navidad se parece mucho a la mesa Eucarística, donde TODOS nos encontramos, justamente porque nuestro punto de encuentro es Cristo, él nos reúne y, al mismo tiempo, él se hace alimento para nosotros. Contrariamente a lo que muchos hoy pueden pensar, creo que nuestra vocación más profunda es la de ENCONTRARNOS. Porque sólo allí descubrimos quienes somos, sólo en el encuentro tocamos algo de nuestra verdadera identidad, la de ser en RELACIÓN.

Una escena del Evangelio que contemplamos en estos días de Adviento y que nos habla de un encuentro gozoso, es la de María y su prima Isabel. Pero, ¿de dónde viene proviene esta alegría?. Ambas son portadoras de una felicidad que no surge de sus propios méritos, sino del don de Dios. Las dos cantan por una gracia que han recibido y justamente por ello es que el evangelio nos dice: ambas estaban “llenas del Espíritu Santo”. María porque lo llevaba en su seno; el fuego del Espíritu se hizo carne en su vientre, y el gozo de acogerlo plenamente la lleva a caminar, a salir y a compartir la buena noticia. Isabel porque siente en sus entrañas el don de Dios para su Pueblo. La promesa se ha cumplido y su prima es, por gracia de Dios para todos nosotros, la Madre del Señor, es decir, gracias a su generosidad María es la portadora de salvación. Las dos cantan porque en su abrazo se expresa una realidad que las dos han vivido: Dios fue el primero en salirles al encuentro.

Este abrazo entre María e Isabel puede darnos luz para profundizar en el misterio de la Navidad que nos preparamos a vivir. El verdadero gozo de nuestra vida está en sabernos sostenidos en una relación de amor que nos supera, un amor que nos desborda. El mismo Dios que nos ha creado se hace Señor, amigo, cercano, nos sale al encuentro. Reconocer el “éxodo” divino, la certeza de que por amor se hace uno de nosotros para cargar consigo todo lo que somos, es ya reconocer en el corazón el deseo profundo de caminar hacia Dios, dejando al Espíritu transformar nuestra vida al modo de Cristo. Encontrarse es superar un abismo: el de pensar que nos bastamos a nosotros mismos, y que sólo en nosotros podemos encontrar la respuesta a lo que vamos viviendo. Pero Cristo viene a superar este abismo. Del otro lado del vacío nos encuentra la certeza de saber que no puedo descubrirme realmente sino en el rostro de los demás, en el compartir la vida al modo de la comunión profunda con el otro. Un abismo que implica la cruz, sin duda; la muerte a mí mismo, y quizás muchas veces la desilusión. Pero caminamos sobre un leño seguro, el mismo en el cual Jesús abrió sus brazos para superar toda distancia posible.

De tantos modos nos sale al encuentro el Señor. Tantas formas con las cuales nos quiere alegrar por su venida. Hoy con María e Isabel podemos hacernos conscientes de las gracias que él mismo ha puesto en nuestras entrañas, las mismas que nos impulsan en este Adviento a salir de nosotros mismos a compartir el gozo del verdadero encuentro. Basta inclinarnos en el pesebre y dejarnos encontrar, dejarnos abrazar. Quizás nuestro corazón está un poco descuidado, no demasiado preparado, quizás un poco sucio…pero qué bueno que así sea, porque será justamente en un pesebre donde el Señor elegirá nacer, donde las cosas no huelen a perfección, sino a misericordia.

Matías Yunes, sj

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