¿Dios habla?

La verdad, no sé si Dios llama así, con grandes revelaciones imposibles de ignorar; pero lo que sí sé es que llama de muchas otras formas, y que lo sorprendente es el juego de llamada-respuesta que se pone en juego, una dinámica en la que entran intuiciones, elección personal, sentimientos, reflexión, fe y acogida de un evangelio que para cada uno tiene acentos diferentes.

Lo que no implica que no podamos escuchar algo a lo que denominamos «llamada» de Dios. La voz de Dios sí nos puede alcanzar de algún modo. Creo que hay tres lugares privilegiados para encontrar hoy esa voz.

Uno es la escritura, «su Palabra». Palabras que escribieron en su momento personas que intuían de una forma muy especial quién y cómo era Dios, y acertaron a plasmarlo de tal manera que esas formulaciones siguen atravesando los siglos para hablarnos hoy de Dios y para hablar de nuestras vidas, de nuestras historias y proyectos, del mundo y sus necesidades…

Otro lugar para encontrarlo es la gente, las personas y las historias que se van construyendo. Porque todos y cada uno somos reflejo del Dios cuyo espíritu alienta en nuestras vidas. Las cosas que ocurren, lo que aprendemos unos de otros, lo que vamos comprendiendo, valorando, descubriendo, compartiendo…: Todo es espacio para describir a Dios. Y es a través de las intuiciónes de muchas personas a lo largo de los siglos como vamos participando de una historia que, creemos, es la historia de la salvación.

El tercer lugar somos cada uno de nosotros. En el silencio, en la reflexión, en la oración, en las dudas y en la sed de trascendencia o en los sentimientos que se te despiertan cuando te enfrentas a algunas realidades, en la manera en que afrontamos las grandes cuestiones de la existencia y buscamos respuesta a la pregunta por el sentido. Ahí, decimos desde la fe, está Dios, cuyo espíritu late en cada uno de nosotros sin anular nuestra libertad, pero iluminando nuestra existencia.

Tres lugares privilegiados. Pero tres lugares que requieren de nuestra parte cierto esfuerzo para ponerle nombre a las cosas y para decidir, porque la llamada de Dios hoy en día es algo sutil y, además, tiene que competir con otras muchas llamadas bastante más estruendosas y directas…

José María Rodriguez Olaizola, sj

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