Ejercicios espirituales y actividad pastoral

Italia será para Ignacio un destino cada vez más evidente, pero quizá el menos preferido. A los 45 años se encuentra, después de graduarse de artes y filosofía en París, en Venecia estudiando teología y dando ejercicios espirituales a varios de manera personal.

La intención de Ignacio, y de sus compañeros, en el momento de llegar a Italia era pedir permiso en Roma para poder ir a instalarse en los lugares donde vivió Jesús en Jerusalén. La cosa no fue fácil. Mientras duraba la expectativa de la autorización, el santo de Loyola es ordenado sacerdote junto con varios de sus compañeros. Pero aquella intención queda trunca porque les fue denegado el permiso para residir en Palestina y tuvieron que permanecer en Vicenza, Italia. En este lugar, celebraron sus primeras misas casi todos, excepto Ignacio que esperó un año hasta sentirse verdaderamente preparado. Durante ese tiempo comienzan a deliberar sobre cómo deberían ser sus ministerios y sobre el nombre que le darán a la Compañía de Jesús.

Ignacio, rondando ya los 50 años de edad entre 1538 y 1541, se encuentra formando el cuerpo apostólico que le consumirá todos los años de su vida entre trabajos solidarios y persecuciones. Éstas últimas porque, en el contexto de la reforma protestante, los ejercicios espirituales no eran bien vistos al principio. Sin embargo, Ignacio pasó todas las pruebas inquisitoriales. En Italia, más precisamente en Vicenza, Roma, Venecia, los compañeros se dedican a la prédica, la asistencia a los enfermos y prostitutas arrepentidas, hambrientos y pobres en hospitales y en casas de personas acomodadas que les abrían sus puertas para paliar la miseria; y, al mismo tiempo, comienzan a tener deliberaciones fuertes sobre la pobreza y la obediencia del grupo que están pensando. Fue así que se determinan a formar una orden religiosa apostólica de carácter misionero para que en la ayuda a las almas puedan salvar la propia. Lo curioso es que mientras escriben los fundamentos para poder ser aprobados por el papa –la Fórmula del instituto y las Constituciones-, no cesan de ser enviados a unas partes y otras del mundo a misionar. He aquí la tensión permanente del jesuita: estar en movimiento y reflexionando, misionar y estudiar, servir a las grandes causas y a los pequeños signos del Reino que está en la historia.

Que Ignacio nos enseñe a mantener nuestras tensiones con la ayuda del discernimiento que sigue en su propia vida la voz de Cristo.

Emmanuel Sicre, sj

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